Del campus a la comunidad: imaginar juntos un espacio que también cultive bienestar
Un proyecto que invita a pensar los espacios verdes dentro de la universidad
Las universidades además de producir conocimiento transforman los lugares que habitan. Es a través de los proyectos de extensión donde la comunidad universitaria encuentra otra oportunidad para vincular docencia e investigación con necesidades concretas del territorio. Esta opción, permite construir soluciones participativas, que además fortalecen el compromiso social que caracteriza a la universidad pública argentina. En esta perspectiva se inscribe una innovadora propuesta de la Universidad Nacional de Tierra del Fuego, en el Campus Malvinas Argentinas, en Río Grande: crear un jardín comestible donde confluyan la educación, la producción y el encuentro.
El proyecto, según comentó la Lic. Nair Penko, coordinadora de la Ingenieria en agroecología (ICPA) partío de una idea sencilla, pero con un gran potencial transformador: “convertir un espacio ocioso en un lugar vivo, donde el aprendizaje, la naturaleza y la convivencia formen parte de la experiencia cotidiana”. Más que incorporar un nuevo sector verde al Campus, la iniciativa propone resignificar un espacio común para que estudiantes, docentes, personal nodocente, productoras y productores puedan encontrarse, aprender y construir colectivamente un entorno saludable.
“Este jardín comestible nace del intercambio de ideas, de escuchar distintas voces y de generar instancias donde cada integrante de la universidad pueda aportar su mirada” afirma Penko. En este sentido, el proceso participativo previsto para el diseño del jardín representa una oportunidad para fortalecer el sentido de pertenencia y construir un proyecto que refleje las necesidades y expectativas de quienes habitan diariamente el Campus Malvinas Argentinas, de la UNTDF.

La extensión y la participación comunitaria
Experiencias desarrolladas en universidades nacionales como el Parque Agroecológico “Miryam Gorban”, de la Escuela de Nutrición de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba; el Patio de Nutrición “Anita Brócoli”, desarrollado por la Escuela de Nutrición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Así como el proyecto de Jardines Comestibles y Educación Alimentaria, desarrollado por la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Asunción a través de la Carrera de Ingeniería Agroalimentaria; muestran que estos espacios trascienden la producción de alimentos. Se convierten en escenarios para la educación ambiental, la promoción de hábitos saludables, el trabajo interdisciplinario, el compostaje, la alimentación consciente y el fortalecimiento de los vínculos entre la universidad y la sociedad.
En el caso de la UNTDF, la iniciativa adquiere un significado especial al surgir desde la Ingeniería en Agroecología del Instituto de Ciencias Polares y Recursos Naturales (ICPA). “Es una propuesta académica que busca integrar el conocimiento científico con las prácticas sustentables y el diálogo de saberes” sostiene Alejandra Gutierrez Directora del proyecto y docente del ICPA. “El jardín permitirá experimentar con cultivos hortícolas, especies nativas, flores, plantas aromáticas y medicinales, incorporando criterios agroecológicos que promuevan una producción respetuosa del ambiente”, ampliaron los docentes extensionistas.
Como todo proyecto innovador, el camino también presenta desafíos. “El primero es dar a conocer que el clima fueguino, la bajas temperaturas, el viento y las condiciones de luz no son un impedimento para la producción local, sino que son una invitación a pensar soluciones creativas y adaptadas al territorio incorporando saberes y experiencias de las y los productoras/es locales. El segundo, y quizás el más importante, es lograr una organización en la que estudiantes, docentes y trabajadores se sientan parte y que puedan sostener una participación activa y comprometida, porque un jardín comunitario requiere cuidado, continuidad y trabajo colaborativo” comentó Nicolás Lois, docente investigador e integrante del proyecto.

Al mismo tiempo, esta singular propuesta ofrece la posibilidad de incorporar nuevos hábitos saludables en la vida universitaria. “Acercarse a una huerta agroecológica, conocer de donde vienen los alimentos y sus ciclos de producción, compartir tareas de cuidado y valorar la biodiversidad, son experiencias que enriquecen la formación académica y promueven una relación más consciente con el ambiente y con la alimentación” argumentan.
Más allá de los cultivos que puedan crecer en ese espacio, el desafío implícito será cultivar comunidad. “Cada vegetal, cada cantero y cada planta podrán convertirse en una oportunidad para encontrarse, aprender y fortalecer los lazos entre quienes forman parte de la universidad y quienes se vinculan con ella desde el territorio” imaginan los docentes extensionistas.
Una universidad comprometida con su comunidad también piensa en el futuro, y ese futuro se construye no solo en las aulas y los laboratorios, sino también en aquellos espacios compartidos donde el conocimiento florece junto con la participación, el cuidado colectivo y el compromiso con una sociedad más saludable y sostenible.